El Banco Central (BCRA) encara una nueva etapa de su estrategia cambiaria con el objetivo de sostener la calma del dólar sin fijar un tipo de cambio de referencia explícito y evitando que la divisa vuelva a convertirse en una apuesta unidireccional al alza. La conducción de la autoridad monetaria admite, puertas adentro, que interviene en distintos segmentos del mercado para moderar movimientos que juzga excesivos, pero enfatiza que lo hace solo ante desvíos que atribuye a factores técnicos y no a cambios en los fundamentos de la economía. “Buscamos que el riesgo sea simétrico, que el dólar pueda subir y también bajar”, resumen cerca del organismo, en línea con el régimen de flotación entre bandas que el BCRA ya había delineado para 2026.

En las últimas semanas se consolidó un escenario de marcada tranquilidad cambiaria, sostenido en buena medida por la persistencia del carry trade: la estrategia de los inversores que venden dólares para aprovechar las tasas en pesos y luego vuelven a posicionarse en moneda estadounidense. Ese flujo financiero mantuvo bajo control a los dólares financieros y contribuyó a la calma del tipo de cambio oficial, mientras el Central combinaba compras de divisas en el Mercado Libre de Cambios con operaciones sobre bonos para evitar que la brecha cambiaria se desborde. Sin embargo, esa paz tiene un costo contable: buena parte de los dólares que el BCRA adquiere terminan utilizándose para pagar deuda o intervenir en el mercado de bonos, lo que limita la consolidación de un proceso robusto de acumulación de reservas.

Los datos recientes muestran con claridad el cambio de ritmo. Tras haber comprado más de US$14.200 millones a lo largo de 2026, el BCRA apenas adquirió US$769 millones en agosto, el registro mensual más bajo del año, y en la primera mitad de septiembre sumó menos de US$200 millones adicionales. La desaceleración es significativa si se la mide contra las propias metas del programa de remonetización anunciado a comienzos de año, que proyectaba elevar la base monetaria de 4,2% a 4,8% del PBI mediante compras cercanas a US$10.000 millones, con la posibilidad de escalar hasta US$17.000 millones si la demanda de dinero crecía más de lo previsto. Frente a ese escenario base, la reciente moderación en las compras luce como una recalibración deliberada de prioridades: el foco pasó a estar más en la estabilidad del dólar y de las tasas que en la velocidad de recomposición del balance del Central.

En el BCRA atribuyen la menor acumulación de reservas, en primer término, a factores estacionales: agosto y septiembre suelen ser meses de menor liquidación del complejo agroexportador, con un bache en la oferta de dólares comerciales que, según la entidad, debería revertirse hacia fin de año cuando ingresen las divisas del trigo. Esa explicación se complementa con un elemento clave del nuevo esquema monetario: los pesos que el Central emite al comprar dólares tienen un destino cada vez más controlado. Desde mediados del año pasado, el organismo desplegó distintas etapas de un plan para retirar excedentes de liquidez, incluyendo la venta de dólares contra bonos y posteriores ventas de esos títulos a cambio de pesos, en un circuito diseñado para absorber parte del impacto monetario de la acumulación de reservas. Bajo esta lógica, comprar menos dólares por estos días implica también emitir menos pesos en un contexto en el que el gobierno utiliza el tipo de cambio como ancla para la desinflación.

Los analistas advierten, no obstante, que detrás de la calma cambiaria se perfila un “tsunami” potencial si las condiciones que hoy sostienen el esquema se modifican abruptamente. El grueso de la tranquilidad descansa en la confianza de los inversores en la estrategia oficial, en la continuidad del carry trade y en la expectativa de que las bandas cambiarias seguirán operando como contención frente a shocks externos o locales. Un cambio en el apetito por riesgo, una corrección brusca en las tasas de interés o un tropiezo en la llegada de los dólares de la agroexportación y de proyectos como Vaca Muerta podría obligar al BCRA a aumentar de forma significativa su intervención, tensionando el delicado equilibrio entre el objetivo de acumular reservas y el de evitar nuevos sobresaltos en el mercado de cambios. Por ahora, la entidad apuesta a que, con una presencia selectiva y justificada en términos técnicos, podrá mantener al dólar en “cámara lenta”, sostener la calma y atravesar sin turbulencias el tramo más sensible del año.

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