River dejó escapar una oportunidad clave en el Torneo Clausura y volvió a exponerse ante su gente en el Monumental. Después de tres victorias consecutivas que habían alimentado la ilusión bajo el mando interino de Leonardo Ponzio, el equipo cayó 2-1 frente a Huracán y sufrió su primera derrota en este ciclo, en una noche marcada por los errores en ambas áreas y por el regreso de los silbidos desde las tribunas. El resultado no solo cortó la racha, sino que además dejó al conjunto millonario fuera de la zona de playoffs, profundizando la sensación de fragilidad que se venía insinuando más allá de los buenos marcadores recientes.
El desarrollo fue un golpe de realidad para River. Huracán, con ataques aislados pero oportunos, encontró la manera de llevar a su rival a la desesperación, explotando las dudas defensivas y la falta de contundencia en la definición. A los pocos minutos, el Globo se puso en ventaja con un tiro libre ejecutado por Óscar Cortés que cruzó el área sin desvíos y encontró una reacción tardía de la defensa y del arquero, evidenciando una falta de coordinación en una jugada que no parecía revestir mayor peligro. Más adelante, ya en el segundo tiempo y cuando River había logrado empatar y parecía encaminar la remontada, Lucas Blondel aprovechó un nuevo desorden en el fondo para marcar el 2-1 con un derechazo a un rincón, un tanto que nació más de un “regalo” defensivo que de una construcción elaborada del visitante.
El contexto también conspiró contra River desde el inicio. El equipo sufrió dos golpes tempranos con las lesiones de Thiago Almada a los cuatro minutos y de Alan Andrada alrededor de la media hora de juego, lo que alteró el plan original de Ponzio y obligó a reacomodar piezas sobre la marcha. Esas salidas modificaron la estructura y dejaron al conjunto local sin parte de la creatividad y la dinámica que habían sido su sello en los partidos anteriores. Aun así, River logró recomponerse por momentos, empujado por la necesidad y por el empuje de algunos de sus hombres, y encontró el empate transitorio a través de Tomás Galván, que volvió a ser protagonista en el marcador como en encuentros previos.
Tras la igualdad, el Monumental vivió un pasaje en el que la sensación era que River estaba en condiciones de dar vuelta la historia. El equipo se adelantó, ocupó campo rival y generó la impresión de tener el control anímico del partido, apoyado en la inercia de los tres triunfos anteriores y en la expectativa de que la “remontada Ponzio” se prolongara. Sin embargo, esa apuesta ofensiva dejó espacios en defensa y, en una jugada que nació de la intención de recuperar rápido la pelota para seguir atacando, Huracán encontró el segundo gol. La aparición de Blondel, ex Boca, para definir con precisión expuso de nuevo las grietas de un River que, cuando se descompensa, ofrece facilidades en su propia área y pierde la solidez que requiere un equipo que aspira a pelear arriba.
El tramo final estuvo cargado de frustración. Ponzio decidió no agotar la totalidad de los cambios disponibles y el equipo terminó el encuentro sin encontrar respuestas claras ni en el juego ni en el banco. Con el pitazo final, la atmósfera que se había transformado en respaldo al nuevo entrenador en las últimas semanas se tornó en reprobación: el Monumental despidió al equipo con silbidos claros, un síntoma de malestar que venía latente desde la eliminación internacional y que reapareció con fuerza ante este tropiezo doméstico. La derrota dejó al River de Ponzio sin invicto, fuera de los ocho primeros y, sobre todo, reinstaló las dudas en torno a su funcionamiento, recordándole al plantel y al cuerpo técnico que la racha ganadora había ocultado debilidades que aún están lejos de ser resueltas.